Ocho razones por las que Valladolid es mucho más que una parada en la ruta a Chichén Itzá.
Valladolid lleva siglos en el cruce de caminos del oriente yucateco: fue ciudad maya, fue ciudad española, fue escenario del inicio de la Guerra de Castas y hoy es uno de los destinos coloniales mejor conservados de la Península. Con cenotes dentro y fuera de la ciudad, conventos del siglo XVI, mercados con cocinas que perpetúan recetas de siglos y calles adoquinadas pintadas de colores tropicales, Valladolid merece al menos una jornada completa —idealmente dos. Aquí los ocho lugares que no puedes omitir.
Construido en 1552 por los frailes franciscanos, este convento-fortaleza es uno de los edificios coloniales más imponentes de toda la Península de Yucatán. Sus muros de metro y medio de espesor encerraban también un cenote —el único conocido dentro de un convento franciscano en América— que aún puede visitarse en el interior del complejo. La iglesia anexa, con su fachada churrigueresca y sus frescos parcialmente conservados, es un manual de arquitectura evangelizadora del siglo XVI.
A pocas cuadras del parque principal, el Cenote Zací es un cenote abierto de tipo caverna semi-descubierta con aguas de color verde jade. La entrada cuesta alrededor de $60 MXN y puedes nadar libremente en sus aguas frescas. El entorno está bien acondicionado con acceso por escaleras, vestuarios y área de descanso. Es el cenote más accesible de Valladolid y perfecto para una pausa refrescante entre visitas históricas.
A 6 km del centro, los cenotes Dzitnup (Xkekén) y Samulá son dos cámaras subterráneas adyacentes con las aguas más cristalinas de la región. Dzitnup es famoso por el rayo de luz que penetra por un orificio en la bóveda y cae directamente sobre el agua turquesa, creando una imagen casi religiosa. Samulá, contiguo, es más oscuro y profundo, con raíces de árbol cayendo desde el techo hasta el agua. Entrada conjunta: $100 MXN aproximadamente. Lleva ropa de baño debajo de la ropa: el descenso merece el esfuerzo.
La Calzada de los Frailes es la calle más fotogénica de Valladolid: adoquinada, bordeada de casas coloniales de colores pastel y faroles de hierro forjado que conectan el centro con el Convento de San Bernardino. Al caminarla al atardecer, con el Convento al fondo iluminado por la luz dorada, es imposible no entender por qué Valladolid figura en todas las listas de los Pueblos Mágicos más bellos de México.
El Mercado Municipal y sus cocinas económicas son el mejor lugar para probar longaniza de Valladolid, relleno negro, papadzules y marquesitas recién hechas. A 30 minutos en auto, las ruinas de Ek Balam y el Cenote Xcanche ofrecen una jornada arqueológica de primer nivel. Y cerrando el recorrido, la Iglesia de San Servacio en el parque principal —pintada de amarillo intenso— es la estampa más icónica de la ciudad, especialmente al amanecer cuando la luz rasante revela todos sus detalles barrocos.
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